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PRIMERA CITA

Cristina, cogió a Miriam entre sus brazos y lanzando una pícara mirada a Carlos comenzó a relatar a su querida hija como conoció al hombre que cambiaría su vida. Era una soleada tarde verano en el paseo que serpenteaba próximo a la orilla de la playa, ella ya se había fijado en él, aunque no se había percatado que él también se había fijado en ella. Cada atardecer, desde hacía una semana, bajaba, expresamente, a sentarse en el banco junto a su puerta, únicamente para verlo pasar mientras hacía ejercicio. Pero ese día me armó de valor y se dispuso a detener al apuesto joven y tratar de conquistarlo. No siempre las cosas salen como uno desea. Caminaba tan ensimismada hacia su amado que no vio venir a un ciclista, que a su vez tampoco se percató de la atolondrada joven. Carlos trató de avisarla del peligro, pero fue demasiado tarde. El ciclista pasó por encima del manillar de la bicicleta, sorprendentemente, sus piernas, a su vez, pasaron por encima de su cabeza. Cristina salió despedida hacia un lado, dando vueltas sobre el adoquinado paseo. Carlos corrió para socorrer a su amada, pero un mal pasó acabó en esquince de tobillo y con una irremisible caída sobre el dolorido cuerpo de Cristina.
Una bonita primera cita en urgencias del hospital de la ciudad ¿No Crees?

SIN COLOR

Formal y elegante miedo a lo desconocido, profundo y misterioso poder oculto, pena, dolor, desesperanza y silencio, un silencio más allá de los límites del tiempo y del espacio. Único tono del blasón autoritario del misterio que acecha tras el raído sudario de la siniestra y anunciada muerte.

ANGEL DE MIS SUEÑOS

Recuerdo aquella noche de sábado, hastiado perdí mi vista en el danzarí­n elixir carmesí­ de mi copa, le otorgué toda mi atención y olvidé lo que acontecí­a a mi alrededor, me alejé del pomposo baile de desconocidas figuras que pululaban por doquier. Soñé medio despierto guiado de la mano de la soledad. Entonces mi reflejo turbio se vio acompañado del rostro de un sonriente ángel, su mano rozó la mía y me aparté de la columna en la que me apoyaba. La danzarina copa flotó y se quebró en mil brillantes pedazos esparciendo su contenido… a quien le importaba eso ahora.
Cogió mi mano y la situó sobre su cintura, las suyas rodearon mi cuello para abrazarse tras él. Se acercó a mi y sentí­ su cuerpo y en aquel instante la música llegó hasta mí. Me dejé llevar, mi pie, sordo ante el ritmo de la orquesta trastabilló y pisó su pequeño zapato. Ella sonrió y me agarró con más fuerza, sus pasos guiaron mis torpes intentos por encauzar aquel vals de manera decente, pero mi ineptitud en estas lides le estaba costando un dolor de pies que ocultaba bajo un rostro radiante. Traté de pedir perdón, pero su í­ndice calló mis labios y su mano cerró mis ojos. Su melosa voz susurró a mi oído:”Baila, baila como si no hubiese nadie más en este mundo.”
Jamás he vuelto a bailar con alguien como lo hice aquel dí­a, tampoco he vuelto a ver a aquel ángel que se me apareció en sueños.

UN FINAL ROMANTICO

La habitación de este hotel rural vestía un color vainilla que invitaba a la tranquilidad, un largo viaje hasta este apartado lugar de montaña que encontraba un merecido descanso rodeado de naturaleza y aromas frutales. Esponjoso era el tacto del edredón de rayas a juego con las paredes. Tendido sentí que mi cuerpo se hundía en el mullido colchón de plumas, inundado por un sentimiento de hipnótica felicidad cerré mis ojos y respiré profunda y lentamente.

Sedoso olor a jazmín y el plácido y fresco tacto de unos labios me otorgaron el don del más bello despertar que un hombre puede poseer en este paraíso terrenal.
—Buenas noches, cariño –la melosa voz de Ana me trajo de vuelta con su tierno abrazo— ¿Me has echado de menos?
Ana se había convertido en alguien muy especial, todo en ella rozaba la perfección para mí. El tacto de su pelo castaño era una droga para mis manos y sus ojos color Coca-Cola un abismo en el que de manera placentera me perdía cada día. No existían palabras para describir lo bella que Ana era para mi corazón.
—Como un pájaro anhela el tacto del viento sobre su plumaje. –traté de incorporarme, pero el cuerpo de Ana yacía sobre el mío. Sus dedos jugaban con mis cabellos mientras su otra mano acariciaba mi abdomen sólo como ella sabía. Consiguiendo encontrar cosquillas donde nadie más las hallaba— .Sabes que mis días son demasiado largos cuando no te tengo cerca, “Pecas” –Esa era mi forma cariñosa de llamarla desde que la conocí.
Ana besó mi mejilla y se levantó alegre.
—Sólo tú sabes exagerar así, vas a conseguir que no me crea nada de lo que me dices.
Crucé mis manos tras mi nuca y me apoyé sobre el cabecero de la cama, sonriente observé la bella figura de mi amada.
—Sabes que es cierto todo lo que te digo. Eres mi ángel, mi amanecer tras una noche de tormenta –Me detuve un instante para observar su vestido rojo de gasa—. Eres la más bella rosa que jamás haya tenido ante mis ojos.
—Las rosas tienen espinas, cariño –sus ojos mostraban una brillante picardía— Cuidado, te puedes pinchar conmigo.
—Lo se, “Pecas”, lo se –extendí mi mano, esperando el tacto de la suya—, pero merece la pena sangrar por poder abrazarte.
Ana dejó caer de forma pausada su vestido sobre la alfombra, mis ojos sonrieron y mi cuerpo recibió al suyo con todo el calor que mi amor podía regalarle.
Nos amamos como colegiales, dispuestos a entregarnos todo sin reservas, temiendo esperar a un mañana incierto. Apasionadamente nos besamos y nos ofrecimos caricias teñidas, a partes iguales, de ternura y erotismo. Esa noche no hubo hombre sobre la faz de la tierra más feliz que yo.

La mañana amaneció fría y la humedad penetraba hasta los huesos, apoyado sobre el quicio de la ventana observé la paulatina iluminación del paisaje. Un hermoso amanecer entre las montañas.
Ana retozaba dormida bajo el grueso edredón. Acerqué, de manera silenciosa, una silla junto a la cama y me senté. Podría pasar toda la eternidad escuchando el susurro de su respiración, disfrutar de su sonrisa al dormir y sentir el latir de su corazón al soñar. Condenado estaba a seguir sus pasos como si fuese un alma en pena, aunque para mi la mejor de las condenas fuese la de las cadenas de sus brazos. Su cuerpo era la dulce prisión en la que me encerraba de forma voluntaria. Estaba dispuesto a tirar al mar la llave, no me importaba que el mundo se acabase mientras me quedara su amor. La amaba tanto que sería capaz de dar mi sangre por ella, la defendería con mi cuerpo, y mi muerte no importaría si con ella evitara la suya.
Ana abrió sus hermosos ojos, en ellos vi mi rostro y en los míos descansaba el suyo. Nuestros corazones se unieron formando uno solo, sabía que si uno de nosotros moría, el otro no podría vivir por mucho tiempo. La luna nos había espiado cada noche, tenía la esperanza de que nos protegiese y nos otorgase la fortuna de vivir juntos en felicidad y armonía
—¿Qué miras? –bostezó Ana.
—A ti
—¿Por qué?
—¿Y por que no? –me acerqué y me senté junto a ella sobre la cama— .Eres lo más bonito que hay en la tierra y quiero llevarme tu imagen grabada en mi corazón hasta el fin de mis días.
—Sabes que me pongo nerviosa cuando me miras así, además, no hace falta que tengas mi imagen –ella me besó en la frente— .Me tienes en persona, jamás te abandonaré, mi corazón late con fuerza cuando estas cerca y se que sin ti se detendría.
La observé extrañado, calenté sus frías manos con las mías, como en otras ocasiones había echo, y busqué su anillo con mis dedos.
—¿Qué pasa con Pablo?
—Ya no está en mi vida –soltó mi mano y acarició mi mejilla— . Es a ti a quien amo y con quien quiero compartir lo que me queda de vida. Ayer le dije lo que sentía, ya no habrá más secretos ni encuentros a escondidas, quiero que el mundo sepa que nos amamos con locura.
Una lágrima surcó mi rostro.
—¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando oír esas palabras de tus labios? –La abracé fuerte— Sin ti era una casa en ruinas tras una verja cerrada, ahora las puertas del paraíso se abren para mi. Contigo he descubierto que no todos los ángeles tienes alas, “Pecas”.
—Esta tarde nos iremos de aquí y comenzaremos una nueva vida –Ana me miró y peinó mis cabellos—. Durante este tiempo lo hemos pasado demasiado mal, es hora de que comencemos a disfrutar del amor que nos hemos regalado mutuamente.
Unos nudillos golpearon levemente la puerta. Por fin llegaba el desayuno, se había retrasado un poco, pero ahora lo agradecía. No me hubiera gustado que esta conversación se hubiera visto interrumpida.
Abrí la puerta, un fogonazo me cegó. Mis oídos quedaron aturdidos por el estruendo. El rostro enfurecido de Pablo me observaba mientras yo me preguntaba por que escuchaba tan distantes los gritos atemorizados de Ana. En mi pecho sentí un calor que se derramaba hacia mi estomago. Mi vista se nublaba mientras observaba mis manos manchadas del carmesí de mi vida. Poco a poco mis sentidos abandonaron mi cuerpo y todo se tornaba oscuridad. Una oscuridad que ni el triste y compungido rostro de Ana pudo apartar. Sentía sus lágrimas de desolación caer sobre mis mejillas mientras yo lloraba por que no la volvería a ver nunca jamás. Todo se alejaba, los sonidos, la vida, el mundo y Ana.


El murmullo de un arroyo llegó hasta mis oídos, mis ojos se sentían cansados. Tendido, el tacto de la hierba bajo mi cuerpo y el cantar de los pájaros acompañados de una leve brisa veraniega.
Que infinito y bello prado se extendía ante mí, ya no padecía dolor ni angustia. Flores de todos los colores del arco iris y nubes del más puro algodón. A lo lejos figuras nebulosas danzaban emparejadas en sinuosa armonía, felices y eternamente unidas.
Un calido abrazo me embargó y el tacto fresco de unos labios rozó mi mejilla.
—¿Me has echado de menos, cariño? –dijo la voz de Ana.
—Como un pájaro anhela el tacto del viento sobre su plumaje.

PRIMEROS RECUERDOS

Recuerdo bien aquella vieja calle de Málaga, la calle Jalon, en el último bloque 2ºC, recuerdo bien aquel barrio conocido como “La térmica”. Han pasado ya casi veintisiete años, aquellos descampados alrededor de aquel último bloque de pisos donde vivía mi abuela ahora son urbanizaciones e incluso un pabellón de baloncesto, El Carpena.
Aquel piso pequeño en el que vivían mis abuelos nos reunía a todos mis primos cada día cinco de enero para ir a ver a los reyes magos en el centro de la ciudad. Recuerdo aquel día, en televisión española, estaban emitiendo “El Lagarto Juancho” y yo, un enano bastante travieso, me peleaba con mi madre para evitar que me pusiera aquella ropa. Ella, una mujer de pelo negro, muy negro, y vivaces ojos consiguió ganar la pelea y endosarme aquella ropa, que hasta día de hoy, cuando veo la foto sigo odiando.
Mis tíos hicieron los propio con mis prima Jessi, la cual no se resistió tanto (siempre ha sido más coqueta), mientras mis abuelos apartaban unas sillas para despejar la pared del fondo del salón.
Cuando salí y ví a la pequeña Jessi, feliz, junto a la pared con un vestido rojo de cuadros negros, un lazo y una rebeca a juego, me sentí decepcionado, ya no era la misma.
Los dos, situados uno junto al otro, parecíamos el mismo reflejo, iguales colores con distintos usos. Pero aquello no hizo más que conseguir que odiase más aquella ropa, hasta hoy día.

TARDÍAS LAGRIMAS DE CEREZO

Se detuvo frente al cruce de caminos del parque, la brisa otoñal cubrió su visión con sus cabellos, una lluvia rosa de flores de cerezo invadió el cuadro que se trazaba lentamente ante sus perplejas pupilas.
La fúnebre comitiva avanzaba con un pausado paso tras el coche que portaba el féretro. Toda aquella situación le trajo recuerdos que yacían olvidados, a propósito, en un rincón bajo llave en la más oscura habitación de su cabeza. Cerró sus párpados de manera pesada y su mente viajó varios años atrás cuando vivió aquel mismo momento pero con la candidez y el desconocimiento de un niño.
El aroma a rosas y flores le arropó al paso del coche junto a él. Dedicatorias de familiares, amigos y allegados le trajeron de vuelta aquella sonrisa que jamás volvería a ver, la calidez de los abrazos que ya no sentiría y aquella voz a la que se aferraba y que poco a poco se desvanecía.
Se apartó, subiéndose a la acera, sin tener conciencia de sus propios movimientos y viendo en aquella comitiva la que hace años el mismo encabezó. Se recordó sereno, pese a su temprana edad, cogido de la mano de su madre, enfundada en un ajustado traje negro y con un velo ocultando sus llantos. Como ahora veía.
Observó ensimismado a los familiares más cercanos de aquel difunto, se vio a si mismo en la figura de aquel niño que lloraba una pérdida que podía comprender.
No supo cuanto tiempo pasó viendo desfilar a toda aquella gente, lo que si supo en aquel instante, tras varios años, era que ahora empezaba a llorar lo que no pudo desde hace tiempo.

OJO POR OJO

Lo veo tan cerca desde la mira, ahora que lo observo más detenidamente me recuerda a Unai. Su sonrisa, sus cabellos rubios, siempre con un balón en las manos. Tres años han pasado, ahora tendría su misma edad. Tres años han pasado y el dolor continúa siendo tan abrasador como el primer día. Ahora se que siempre nos resulta infinitamente más doloroso un suceso cuando lo sufrimos en nuestras carnes o en las de nuestros seres queridos, pero es curioso como tras sufrir dicho dolor nos solidarizamos con quienes lo sienten, e incluso lloramos por su pérdida, pues en ellos nos reflejamos. Nadie sabe, como yo, lo que es perder a un hijo, ningún padre debería enterrar a sus hijos. Por desgracia no soy el primero ni tampoco seré el último que lo haga. De lo que si estoy seguro es que en cuanto apriete el gatillo del rifle él también sentirá lo mismo que sentí yo hace tres años y estoy totalmente seguro que lloraré por su pérdida, pues es también la mía.